Casa Museo Quevedo Z.

Hay museos que requieren de muchas visitas por su propia extensión, lo vasto de su colección, la cantidad de exposiciones temporales o simplemente porque tienen una energía que engancha, porque son lugares que permiten viajar en el tiempo o a otra dimensión.

Este es el caso de la Casa Museo Quevedo Zornoza en Zipaquirá (Colombia), se trata del lugar de residencia de una familia de músicos y artistas notables de la zona, cuya última representante, doña Conchita Quevedo, quiso donársela a la ciudad.

El museo se convirtió en una cápsula del tiempo permanentemente abierta, donde se puede ver cómo era la vida a principios y mediados del siglo XX, en una localidad situada a 45 kilómetros de Bogotá.

Que este sea el primer museo del que hablo no es casualidad, es el primer museo que visité, allá en el año 1989,gracias al colegio donde cursaba la primaria.

Solo tenía 9 años, pero en ese momento supe que quería pasar el resto de mi vida en un museo, nunca voy a olvidar esa sensación de estar en otra época, el olor de los objetos viejos, los cuadros, la atmósfera, todo ello era como estar dentro de una película.

Pero claro, estamos hablando de un niña de 9 años…así que olvidé rápidamente el museo y me dediqué a ser una niña, sin más; sin embargo, como decimos en Colombia “lo que es para uno, es para uno y si no está, se lo guardan”. Y llegó el momento de decidir dónde iba a hacer el servicio social (el servicio social consiste en hacer un trabajo voluntario en la comunidad durante el último año de bachillerato).

El tutor empezó a enumerar las opciones: la Cruz Roja, una residencia de ancianos, tráfico o el museo Quevedo Z; no lo tuve que pensar ni un segundo, cuando dijo museo enseguida levanté la mano, no había problemas de plazas porque era la única de 44 chicas del curso, que quería ir allí.

Pero mi mejor amiga, a quien conozco desde los 5 años y que nunca me ha abandonado, también levantó la mano para acompañarme…en su momento no me di cuenta, pero 20 años después  creo que nunca le he dado las gracias por no irse a la Cruz Roja, cosa que le hubiese sido más útil, ya que iba a estudiar medicina.

Durante 6 meses fuimos las guías del museo; yo disfrutaba mucho contándole a los pocos visitantes, la historia de aquella familia, el estilo arquitectónico de la casa y hablando de los objetos más preciados: el cochecito victoriano, el tintero de Josefina, el piano de las hijas del General Santander, la gramola, las máquinas de coser, los moldes para hacer velas, las planchas de carbón, la lavadora de madera, las monturas de caballos, el reloj estilo barroco, las cámaras fotográficas y el tocador.

Cuando no había turistas, nos lo pasábamos en grande mirando los armarios y cajones en busca de tesoros, como cartas, ropa…recuerdo que un día encontramos un bote de aspirinas de 1930. Sobra decir que aquello lo teníamos prohibidísimo, pero siempre lo hicimos con mucho cuidado, primero para no dañar nada y segundo para que no nos pillaran.

A veces, nos turnábamos para ir a curiosear, y como siempre me han dado más miedo los vivos que los muertos, aprovechaba para esconderme y darle un buen susto a mi mejor amiga, realmente le di unos cuantos. Pero me perdonaba enseguida y seguíamos explorando; con otra compañera nos subíamos a un taburete para robar mandarinas del árbol del patio central y una vez, con un compañero, cogimos todo lo recaudado en la taquilla (no llegaba a 5 euros) y nos fuimos a comer empanadas…mal hecho, lo sé, tonterías de adolescentes, pero qué días más felices.

Cuando terminó el tiempo reglamentario del servicio social, pedí que me dejaran estar allí hasta que terminara el bachillerato, otros 6 meses muy felices y luego vino la universidad, tuve que dejar mi querido museo y solo pude volver al verano siguiente para hacer de guía el día de los Mártires Zipaquireños.

Un par de años después fui con mi madre a ver un exposición temporal, en el 2010 llevé a mi actual pareja para enseñarle esa parte fundamental de mi vida y en febrero de 2016 tuve el gusto de llevar a dos de mis sobrinos.

Fue gracioso porque le estaba contando a mi sobrina las anécdotas de los sustos que le daba a mi mejor amiga y el guía entendió erróneamente que allí me habían asustado, así que de forma muy empática compartió con nosotros sus experiencias con los fantasmas del museo; como resultado, mi sobrina puso en el libro de visitas: “creo que el museo da miedo, pero es muy chévere (guay)”.

Actualmente el museo se reinventa y ha puesto una cafetería, una tienda y una fuente de enamorados para atraer más turistas.

Espero que sea así, que cada día vaya más gente en busca de historia, las curiosidades, el café o los fantasmas…no importa cuál sea la motivación, pero que vayan; la entrada es muy barata (no llega a 1€).

Y para llegar a Zipaquirá hay autobuses a todas horas desde Bogotá, bien sea en el portal del Transmilenio en el norte o en la terminal de transportes de la Avenida 68, el trayecto cuesta entre 2€ y 3€, tarda aproximadamente 45 minutos, sin atascos…los fines de semana suele haber retenciones a la hora del almuerzo (comer).

Con 2€ se puede comprar una empanada con un refresco, para aquel que tenga más hambre la mejor opción es un menú ejecutivo de 3€ a 4€ o el corrientazo, por menos de 3€…pero tal vez sea más adecuado hablar de comida en otro post.

Además Zipaquirá tiene otras curiosidades que vale la pena descubrir, como el tren de la sabana, la catedral de sal, sus parques…a ver si a más de uno le pica la curiosidad.

¡Hasta pronto!

6 Comentarios

  1. Muy divertidas las anécdotas del museo.
    También me parece interesante conocer lugares que igual no son los más populares, pero tienen su
    encanto y personalidad propias.
    Espero que sea el primero de muchos!

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  2. Marcela, como marcan nuestras experiencias de la infancia, rutas que de emprender en el futuro. Me gusto que hables origen de lo hoy tu pasion. Un abrazo desde Zipaquira, Colombia.

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