Gloria Zea era el ritmo del MamBo

Foto de una biblioteca
Foto de una biblioteca
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Cuando reflexiono sobre el feminismo, veo que toda la vida he tenido a mujeres fuertes, valientes, trabajadoras e inspiradoras como referentes. Son esas mujeres que van dejando una huella en quienes las rodean y un anhelo de cambiar este mundo y darle una visión diferente, igualmente inspiradora, un mundo con esperanza y con un gusto por la belleza. Algunas veces, unas pocas de estas mujeres logran permear en nuestras vidas y se vuelven personajes que definen quienes queremos ser. Este blog es acerca de algunas de ellas, una en especial.

La primera fue mi madre, incansable, dulce, creativa y muy ordenada…le podría dedicar blogs durante un año, con todos sus logros y proyectos.

En la Universidad tuve varias profesoras, pero ninguna como Susana Friedmann, quien así como mi madre, merece varios blogs propios. Susana me enseñó a amar las artes, todas; a hacer conexiones creativas y por supuesto a trabajar con el ánimo a tope, pero eso lo contaré en otra ocasión.

Un par de años después de Susana, llegó a mi vida Gloria Zea y supuso otro punto de inflexión. Era el año 2001 y yo estaba en la Facultad de Arquitectura y de repente vi un aviso: “Se buscan voluntarios para trabajar en la biblioteca del Museo de Arte Moderno de Bogotá”.

Creo que fue el día más feliz en mis años de estudiante; veía al MamBo como una entidad inalcanzable, no me imaginaba que pudiera tener tan pronto la oportunidad de trabajar en un museo, un sueño que se cimentó en mí a los seis años, cuando visité la Casa Museo Quevedo Z. de Zipaquirá.

Así que ese mismo día llamé, a la tarde tuve una entrevista con la directora de la biblioteca y al día siguiente empecé mi voluntariado. Fue un trabajo que recuerdo con muchísimo cariño: había un montón de cajas, con miles de catálogos de exposiciones en todo el mundo. Como heredé de mi madre ese gusto por el orden, me pareció lo máximo. Todos los días salía con las manos negras llenas de polvo, pero absolutamente feliz, porque además de ordenar, leía los catálogos. Así viajaba mentalmente por varios museos, y ponía en práctica todo lo que me iba enseñando Susana sobre vanguardias artísticas, complementado con las clases de arte de Germán Rubiano.

Estaba tan contenta que se me iba el tiempo de una forma increíble, no era consciente de las horas que sumaba y los días que dedicaba, ni la cantidad de catálogos que había ordenado. También me gustaban mucho los ordenadores y no podía entender cómo la biblioteca del Museo de Arte Moderno de Bogotá no tenía totalmente sistematizado su catálogo. Tampoco había medios, disponía de un ordenador que apenas tenía un bloc de notas. Pero eso no me detuvo, empecé a hacer una sencilla lista alfabética, con la esperanza de algún día pasarla a excel y luego a access; los días pasaban entre catálogo y catálogo, hasta que llegué a más de mil registros.

Eso que yo hacía de manera inconsciente, no le pasó desapercibido a Gloria Zea, observadora, inteligente, con la capacidad multitarea y con su entrega incondicional al museo, quien un día entró a la biblioteca; yo aproveché para presentarme y enseñarle ese rudimentario catálogo de artistas. Siempre me acordaré de su entusiasmo y cómo le dijo a Don Jaime, el jefe de registro: “Jaimito, mira esta niña la maravilla que ha hecho, así toda calladita, ¿Cómo te llamas mi amor?”

Marcela, contesté, y me dijo con los ojos llorosos “Has cumplido el sueño de mi vida, yo quiero mucho esta biblioteca”. La verdad era que ella quería cada centímetro del MamBo, pero no como un proyecto personal o algo que ella deseaba para reconocimiento propio: no, mucha gente piensa eso y es totalmente errado. Gloria consideraba al museo como una herramienta fundamental de educación, de construcción de paz y convivencia, el legado de Marta Traba que se merecían todas las colombianas y colombianos. El MamBo era para ella patrimonio colombiano, patria, recinto sagrado de una nación grande, valiente y con una gran cultura.

Aquello por supuesto fue una inyección de adrenalina para mí, yo no sabía quién era Gloria Zea y la descubrí en todos y cada uno de esos catálogos. Además de ver cómo había hecho el Museo ladrillo a ladrillo, Don Jaime se encargaba de contarme todas las anécdotas de las exposiciones, las peripecias, los correos, los problemas, el dinero, siempre la falta de dinero. Y aún así, con los problemas de dinero, Gloria me asignó una ayuda de transporte y ahí conocí a Yolanda Paipilla, la jefa de contabilidad, como diría mi padre “una mujer de una sola pieza”.

Mientras yo estaba por ahí en la biblioteca, había una guía del museo que destacaba por su inteligencia, capacidad de trabajo y entrega, Luz Helena Carvajal. La conocí el día que el subdirector del museo, nos citó a las dos y nos dijo: “la jefa de biblioteca ya no va a trabajar en el museo, necesitamos que ustedes se encarguen de la biblioteca, una por la mañana y otra por la tarde”.

Nos entendimos perfectamente y nos coordinamos muy bien, Luz Helena se convertiría en una de esas amigas del alma, que gracias a Dios todavía tengo en mi vida y sé que voy a tener siempre de forma incondicional. Si no hubiese sido por ella, no habría podido compatibilizar el trabajo en la biblioteca con la realización de mi trabajo de fin de carrera. No sé cuántas veces me cubrió cuando llegaba tarde, cuando tenía que cambiar el turno; además con una sonrisa y siempre de buen humor.

Más tarde llegó Gigola Cáceres y entre las tres nos convertíamos en arqueólogas, buscadoras de tesoros, recuperadoras de libros, catálogos y memoria…juntas empezamos a indexar los libros, y juntas terminamos el listado de catálogos y el de películas.

No teníamos presupuesto y nuestro sueldo era simbólico, en la biblioteca hacíamos fotocopias para estudiantes y así íbamos centavo a centavo, juntando un pequeño bote. Cuando logramos tener algo así como 20€ me fui donde Yolanda Paipilla para pedirle que nos dejara invertir ese dinero en unos revisteros de cartón, para poder tener ordenados los catálogos y que no se perdiera el trabajo que habíamos logrado. Yolanda tenía fama de dura pero no dudó en decirme que sí, hoy en día voy a visitar la biblioteca y me emociona ver aquellos revisteros que aguantan tan bien el paso de los años.

Siguieron pasando los días, Gloria que tenía tan buena memoria fue a la biblioteca y me dijo: “Marcelita yo dirijo la Ópera de Colombia, Giorgio Antei hace el diseño de los carteles, pero él está de viaje y necesita a alguien que ponga los logos y los mande a la prensa. ¿Tú puedes hacer eso?” ¡Claro que sí! Lo dije sin dudar y sin pensarlo; sabía algo de autocad pero nunca habría trabajado con programas de maquetación, no conocía el photoshop, hasta ese momento. Ahora lo veo en perspectiva y creo que fui un poco kamikaze, pero es que a Gloria Zea no se le podía decir que no, no le podía decepcionar y desde luego sabía que para ella no había cosas imposibles y yo quería ser como ella.

Esa noche estudié todos los tutoriales que pude de photoshop, al día siguiente Giorgio que estaba de paso por Bogotá, me enseñó el trabajo que tenía que hacer. Lo tuve todo bajo control, hasta que llegó el día siguiente, no estaba Giorgio y yo no sabía ni cómo encender el Mac. Pero Dios protege a sus borrachitos y no sé cómo lo logré, luego empecé a padecer todo lo que envolvía la pre-prensa, la maquetación de anuncios de prensa. Quiero aprovechar para darle las gracias a todas esas personas cuyo nombre no recuerdo, incluso que no llegué a conocer, pero que me tuvieron una infinita paciencia, me enseñaron y me sacaron de apuros.

Al final de mi primera obra (Turandot), Gloria me felicitó y me incorporó al equipo de forma permanente, era una más de la Ópera de Colombia.

En ese entonces llegó una chica nueva al departamento de marketing, pero la pobre no duró nada, hablaba muy bien inglés, sin embargo no pudo amoldarse al ritmo de Gloria, ni el del museo. Yo comía con ella casi todos los días, así que tenía una idea de los proyectos que tenía en marcha. No sé si Gloria también se fijó en eso o porque confiaba plenamente en mí, el caso es que me dijo: “Marcelita, ocúpate de marketing mientras conseguimos un reemplazo”.

Una vez más, sin conocimientos, pero con muchísima fuerza de voluntad y trabajo, atendí el departamento de marketing, empecé entre otras cosas las negociaciones con Epson para que dotaran de equipos de imagen y sonido al aula de usos múltiples del museo. Luego llegó un nuevo jefe de marketing y me convertí de cierta forma en su ayudante, hicimos la exposición de la Barbie para la cual Gloria nos respaldó absolutamente; hoy leo con emoción este artículo donde pasados los años nos defendió en una entrevista.

https://esferapublica.org/nfblog/la-gloria-de-gloria-zea/

Nos defendió porque Gloria adoraba al museo, pero sobre todo quería que las personas lo visitaran, que fuese un museo vivo y vibrante; en los años que trabajé en el MamBo solo vi una vez gente haciendo cola, fue gracias a la Barbie ¿Y saben qué fue lo mejor? Pues que gente que ni siquiera conocía el museo lo visitó y la exposición estaba en la última planta, así que las personas visitantes pasaban por las demás plantas del museo y de alguna manera veían un poquito de la exposición permanente. Además tuvimos un respiro económico, alguna vez llegamos a trabajar hasta 4 meses sin cobrar. Yo era una estudiante y salía adelante yendo a trabajar en bicicleta, pienso ahora en mis compañeras y compañeros cabeza de familia que lo tenían muy complicado, aún así jamás faltaron ni un día; ese era el grado de lealtad y amor por el trabajo que Gloria nos inspiraba. Recuerdo a Gloria llorando porque uno de los guardias de sala no tenía dinero para comprarle leche a su hijo pequeño, al día siguiente nos pagaron uno de los meses atrasados. Gloria como siempre había obrado el milagro, hablaba con quien fuese necesario, iba sin descanso de banco en banco, de entidad en entidad, no tiraba la toalla nunca, no se desanimaba jamás y si lo hacía se lo guardaba para no afectar al equipo.

Y así seguían pasando los días, entre biblioteca y marketing. Una tarde se presentó en la biblioteca la curadora del museo por aquel entonces, con un tono muy seco me dijo: “me llevo este libro de Enrique Grau porque necesito escanearlo para el catálogo de la exposición”.

Me atreví a preguntarle (y eso no le gustó nada) que cómo iba a escanear el libro, entonces me espetó: “voy a arrancar la página porque necesito pasar la imagen por un escáner de tambor”, ¿Arrancar la página?, le pregunté y su respuesta fue aún más despectiva. “Sí, porque necesito una imagen profesional, es para el catálogo”. No me amedrentaron ni sus formas, ni la cara de odio que me puso, le dije: “No puedo permitir que saques ese libro, está autografiado por el maestro Grau para Gloria y aunque no fuera así, yo no voy a dejar que se mutile ningún libro de la biblioteca”. Se puso aún más furiosa y salió de la biblioteca gritando: “pues hablaré con Gloria”.

No confiaba en ella, no me quedaba tranquila, así que fui a la oficina de Gloria con el libro a explicarle con lágrimas en los ojos que la curadora quería arrancarle una hoja. La reacción de Gloria fue maravillosa: “¿Cómo así que van a romper un libro?”. La curadora tenía la oficina al final del pasillo, pero el grito de Gloria se escuchó en todo el museo, así que se presentó enseguida con la cara roja y los ojos inyectados de ira, en donde solo atinó a decirme “gracias Marcela, yo iba a hablar con Gloria, muchas gracias”.

Gloria no me dio tiempo de contestar, enseguida le dijo: “Marcelita solo está haciendo su trabajo, su deber es proteger todos los libros de la biblioteca, además este libro es mío, me lo regaló el maestro Grau y yo no autorizo que se rompa”. Ella no daba crédito y balbuceando le dijo “Gloria, necesito esa imagen para el catálogo”. La respuesta de Gloria no pudo ser más clara: “pues se quita la imagen del catálogo porque el libro no se toca y punto”.

Yo me quedé sentada asimilando lo que había pasado, entonces Gloria me sonrió y me dijo: “tan linda Marcelita, como llora por su libro, muy bien mi amor, ese es tu trabajo”. Odio ver libros subrayados, imaginad lo que sentía al pensar en un libro roto…Gloria lo entendió, porque era igual de apasionada con su trabajo y porque tenía mucha empatía, era una persona muy firme y a la vez extremadamente sensible.

Sobra decir que me gané la animadversión de no solo de la curadora, sino de todo su departamento. Y nuevamente Gloria me propuso un reto, me dijo: “se va la directora de desarrollo del museo, quiero que te encargues, tranquila, lo vas a hacer muy bien”.

Al responsable de marketing le ascendieron a subgerente, así que de repente, solo dos años después de entrar al museo me encontré siendo la directora de Desarrollo y Marketing; fue una época muy buena, donde a través de actividades paralelas como conciertos y teatro, logré llevar otro tipo de público al museo. Hubo gente sincera que me dijo que consideraba que yo no tenía méritos para estar ahí, pero bueno, me ayudaron en cierta medida. Logré saltar los obstáculos y las malas maneras de la curadora, porque siempre, siempre, siempre, Gloria me respaldó. Le gustaba mucho la interacción del arte con la música, supongo que por eso le gustaba tanto la ópera, nos regalaba entradas y siempre las mejores…hace poco recordaba con mi amiga Luz Helena lo feliz que se ponía Gloria cuando le decíamos que queríamos ir a la ópera, le encantaba compartir y educar.

Y entre todo esto terminé mi licenciatura; con el título de arquitecta debajo del brazo le pedí a Gloria un trabajo más relacionado con mi formación, me permitió hacer una pequeña reforma en los aseos y en el parking, fue mi primera obra de accesibilidad, bastante mejorable, es lo que pasa con los primeros trabajos.

Quería seguir avanzando y seguir creando, entrar en Curaduría y diseñar exposiciones, contaba con que la curadora (comisaria) no me querría allí; lo que no sabía es que por primera vez mi falta de formación iba a ser un impedimento en el museo. Así que le pedí a Gloria una excedencia para estudiar diseño y gestión de exposiciones. Ella me hizo una carta de recomendación y me miró a los ojos con tristeza, me dijo “No vas a volver”. Yo le dije que volvería en cuanto acabara el máster, que yo adoraba el museo…pero Gloria sabía lo que era tener un espíritu inquieto y había visto mucho mundo, yo solo conocía una pequeñísima parte de Colombia, Gloria sabía que como dice la canción de Bebe “los pájaros no pueden ser enjaulados, porque ellos son del cielo, ellos son del aire y tu amor es demasiado grande para cortarle las alas”.

Durante estos 15 años seguí visitando el Museo, seguí viendo a Gloria y siempre me la encontré trabajando y buscando la manera de sacar a la entidad adelante. Ella era el ritmo del MamBo, cuando se retiró sentí que el museo ya no vibraría, no he sido capaz de volver desde entonces. Ahora el corazón de Gloria ha dejado de latir, nos deja un profundo pesar a la vez que un gran ejemplo y la certeza de que no hay nada imposible. Gracias Gloria, hasta siempre.

Agradecimientos: Cristina Díaz-Granados y Luz Helena Carvajal, por todo.

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