Es el mercado, amigos (tema 3)

Primer plano de cifras económicas de bolsa.

En 2013 se hicieron obligatorios los certificados de eficiencia energética tanto para la venta como para el alquiler de inmuebles.
En un momento de crisis para la arquitectura y la arquitectura técnica, se abrió una oportunidad laboral para estos sectores.

La elaboración de este certificado se hacía a través de programas informáticos oficiales, como el CE3X o el CE3.
Estos programas pedían una serie de datos y emitían el resultado del certificado en una escala de letras, siendo la A la más favorable y la G la más desfavorable.

Tabla de indicador global de eficiencia energética. De acuerdo con las emisiones de kgCO2/m2 año se obtiene una letra de la A a la G.

Hace mucho que no uso este programa, por eso hablo en pasado porque no sé cómo funciona el tema hoy en día.

La herramienta permitía meter datos muy precisos y aquí es donde entraba la responsabilidad técnica y la exactitud científica: se podía elegir entre proporcionar datos calculados por la persona que recogía la información o poner unos valores generales sugeridos.

Naturalmente, los datos calculados requerían más tiempo, no solo visitando el inmueble, sino revisando catálogos de materiales, haciendo cálculos y dibujos de la sombra que incidía sobre la vivienda, etcétera.

En una visita hecha a conciencia, el personal técnico tomaba medidas de toda la casa, los huecos de las ventanas, el modelo exacto de caldera, dónde estaban los pilares, el tipo de muro…incluso se podían llegar a hacer catas para asegurarse sobre el tipo de material utilizado.

Y entonces, como en todas las profesiones, irrumpe el mercado, ¿cuánto pagarías por este certificado si quieres vender o alquilar tu casa? Si supieses las horas de trabajo que supone, sin contar las horas de formación previas para hacer un certificado medianamente bien (“lo que cuesta es la experiencia, no apretar el tornillo”), posiblemente entenderías un precio razonable, sin embargo, al ser un requisito impuesto para poder hacer la transacción, seguramente lo que quieres es un certificado rápido y barato…o por lo menos esa es mi percepción.

Aquí es donde llegan dos malas prácticas que serían una mezcla de las 3 categorías de la infografía de Clinical Psychology: una por omisión y otra directamente fraude. En el primer caso se trata de hacer una visita rápida al inmueble y poner en la mayoría de los datos valores estimados y el segundo caso consiste en no visitar el inmueble.

La necesidad de poner los datos precisos radica en que la letra que se le asigna al inmueble puede variar por muy poco, por ejemplo, una vivienda clasificada en la letra E puede subir a la D cambiando el tipo de carpintería.

Cuando hacíamos estos certificados veíamos cómo se ofertaban por menos de 50€, a mí no me salían las cuentas, entre el desplazamiento, la hora de visita y las horas de cálculo y procesamiento de datos no había manera de sacarlo por ese precio. Así que empecé a fijarme en los certificados hechos por “profesionales” que manejaban esas tarifas.

Mi conclusión es que no visitaban el inmueble, las fotos eran de Google Street View y todos los valores estimados. La pena es no poder visitar estos inmuebles para obtener la información real y contrastar las letras adjudicadas con las que efectivamente merecen.

Este es un problema a nivel global porque tenemos una información (desde mi punto de vista) falsa o poco real en muchos certificados de eficiencia energética. Así que cuando nos muestran las cifras del parque edificado existente puede que no sea lo que imaginamos.

A esto se le añade que a la persona propietaria no le hace demasiada gracia obtener una letra baja, con lo que hay personal técnico que aprieta todo lo que puede para subir una o dos letras.

Y esto llevándolo a mi área de trabajo, está presente en los Informes de Evaluación del Edificio, donde se analiza la accesibilidad. Aquí lo que ocurre es que las preguntas son muy abiertas y queda a la discreción técnica decir si algo es accesible o no…pero eso ya lo desarrollo un poco más en el artículo que envié a Contart, así que de momento me reservo esa reflexión.

Finalmente, me gustaría comentar que durante la lectura de artículos y en especial al ver el vídeo de Ben Goldacre, no dejaba de pensar en la serie “Dopesick”, creo que es un ejemplo de todas las malas prácticas que se enumeran en el temario. Recuerdo especialmente el capítulo 6 de la serie en donde muestran la manipulación de una gráfica que debía haberse hecho en escala lineal y se presenta en logarítmica falseando los resultados. La conclusión en ese momento es que la FDA tuvo que darse cuenta e hizo la vista gorda porque como no, “es el mercado, amigos”.

5 Comentarios

  1. Hola Marcela. Enhorabuena por el artículo, es un tema sobre el que había escuchado algo y sobre el cual me hacía yo misma algunas preguntas, pero en esta entrada se explica y se entiende muy bien.

  2. Gracias por tu comentario Diana.
    Justamente ayer estuve en una charla donde la responsable de un Instituto de Construcción comentaba que veía muchos certificados de edificios de más de 50 años con letras A y B cuando lo habitual es que obtengan letras bajas…en fin.

  3. Muy interesante, Marcela, está claro que «hecha la ley, hecha la trampa» y en la eficiencia energética, como en tantos otros aspectos de la vida, la burocracia termina anulando el sentido con el que se crean determinadas normas. Felicidades por la claridad con que lo presentas, Marcela.

  4. Hola Marcela.
    Lo primero decirte que me ha parecido muy interesante el tema, no conocía realmente como se realizaban estas certificados energéticos.

    Creo que has elegido el título perfecto para la publicación y que, por desgracia, podría aplicarse a demasiados ámbitos. Siempre tengo la sensación de que la investigación y la ciencia llevan consigo siempre la mochila del mercado, que es uno de los condicionantes para elegir qué se investiga y que acaba llevando a casos de fraude o malas prácticas como el que comentas.

    Por último, me apunto la serie que comentas al final 😉

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