Uno de los males de la ciencia

Piezas del parchís. A la izquierda un grupo de 8 en dos filas de cuatro de color rojo. A la derecha una ficha negra aislada.

Tengo muchas ganas de leer “Los males de la ciencia” de Joaquín Sevilla y Juan Ignacio Pérez, mientras tanto he ido a la presentación que me hizo reflexionar en muchas cosas y en particular en una que me despertó la necesidad de escribir.

Comentaban los autores que uno de los males de la ciencia es un sistema que lleva al límite a las personas doctorandas, el caso más extremo fue el suicidio de un investigador al que sus compañeros homenajearon terminando un artículo en el que participaba.

Y eso me llevó a pensar en el sufrir para quedar bien, es decir en que no solo el sistema oprime, sino que cada persona se autoexige de forma desproporcionada más que por necesidad propia, por el querer encajar en un grupo, tener un reconocimiento o simplemente no ser la rarita o el rarito de turno.

Cuando estaba haciendo el bachillerato yo era de cierta forma inmune a eso o por lo menos es la percepción que tengo. Me organizaba para hacer los trabajos en el tiempo plateado por el profesorado y luego podía montar en bicicleta, patinar o jugar baloncesto.

En los exámenes tampoco sufría, estudiaba unos días antes y como mucho el día anterior; fueron muy puntuales las ocasiones que estudié de madrugada. Me ponían muy nerviosa las compañeras que estaban con el libro hasta el último minuto previo a la prueba y procuraba abstraerme confiando en lo que sabía. Y aunque me alteraba, la presión de grupo nunca me llevó a cambiar mis hábitos de estudio.

Pero la universidad fue diferente, parecía que si no habías trasnochado no habías hecho un buen trabajo, que había que malvivir para sacar buenas notas, no en vano a la carrera se le apoda “arquitortura”.

Luego trabajé en sitios donde echar horas te lo vendían como algo extraordinario y realmente era la tónica habitual, otra vez la presión de grupo me pudo y empecé a tener jornadas inhumanas. Afortunadamente siempre hay algo que nos saca del estado de letargo, en mi caso fue que el jefe me echara la bronca por llegar media hora tarde a trabajar un domingo cuando mi horario era de lunes a viernes. En ese momento no solo puse la raya de nunca más, ahí decidí que me iba a hacer autónoma.

Y entonces casi caigo nuevamente en la trampa, en esa presión social donde los autónomos no tenemos horario, ni vacaciones, ni conciliación…pues no, creo que se puede ser autónomo y tener una buena vida. Estoy en ello, pero debo confesar que lo digo con la boca un poco pequeña porque aquello de desentonar todavía no está del todo resuelto.

Ahora con el doctorado escucho las historias de terror, lo curioso es que me siento fuerte y que estoy disfrutando como nunca volver a estudiar. Echaba de menos los deberes, los artículos, el descubrir, esforzarme, pero con gusto, sintiéndome plena.

Ayer en la presentación del libro no volvieron los fantasmas, todo lo contrario, como decía Joaquín, hay personas doctorandas que han tenido problemas de salud mental y otras que no. Planteaban que tal vez tenían que escribir “Las maravillas de la ciencia”, puede ser muy interesante, por ahora me quedo con la idea de que todo tiene una cara b.

Mencionaba moderador de la presentación que a él le habían dicho que era muy mayor para ser investigador, yo discrepo, creo que no importa la edad mientras no cedamos ante la presión de grupo y seamos conscientes de que el sufrimiento es optativo. Si algo bueno tiene ser mayor es que todo se ve desde otra perspectiva o como diría una amiga mía “ya no dejo que nadie me pise el callo”.

Esa es mi estrategia para afrontar el doctorado y esquivar así uno de los males de la ciencia, tendré que demostrar la hipótesis de partida y ver qué tal sale el experimento.

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